Comprender las reacciones en el comportamiento infantil
Para poder comprender las reacciones en el comportamiento de los niños, debemos tener muy presente la evolutiva emocional por la que pasan todos en mayor o menor grado.

A los 3 años, ciertos comportamientos infantiles son algo evolutivo; sin embargo a los 5 años son el resultado de haber permitido esta manifestación inadecuada que el niño utiliza para conseguir lo que quiere.

Cuando a un niño se le dice “no” ante su deseo, responde descontroladamente y con explosión motriz, dando rienda suelta a su ira. Es una respuesta a la frustración, es un “no estar de acuerdo” ante la decisión de los padres.

En esos momentos, los adultos tenemos que movernos en un difícil equilibrio entre la calma, la paciencia, la comprensión y la firmeza. Hay que enseñarle a dominarse, a controlar su ira, a limitar las manifestaciones de disgusto.

La reiteración de las rabietas y su uso dependen de la respuesta que obtenga de sus padres. Si estos ceden ante una rabieta, el niño la utilizará cada vez que quiera conseguir algo. Los padres han de contestar con calma  pero con absoluta determinación, hay que demostrar al niño que por ese camino no va a conseguir lo que desea: tiene que interiorizar que las rabietas no conducen a nada.

Evolución del comportamiento infantil

El niño, a partir de los 6 meses, tiene que construir una identidad propia, única y separada de los demás y para ello, necesita de la ayuda de los adultos para aprender a canalizar y controlar sus emociones.

A partir de esa edad, se inicia un largo proceso de separación-individuación, en el que tiene que empezar a conocerse, valorarse y aceptarse como es para alcanzar la independencia y seguridad.

Las rabietas surgen a partir de los dos años, cuando los niños parecen muy mayorcitos pero aún son muy bebés. Se muestran dependientes de su madre y controlan poco sus impulsos. El pequeño empieza a tomar conciencia de su identidad, de su propio yo pero, dada su inmadurez y dependencia, este hecho termina desembocando en una etapa conflictiva, donde el elemento predominante es la autoafirmación a través del negativismo. El niño no suele atender a sugerencias, razonamientos o explicaciones, el “no” y el “yo” serán sus palabras favoritas. Esta incipiente independencia que nace aquí durará toda la vida.

Es un periodo muy conflictivo porque el niño se niega a ser dependiente porque es reconocer que hay ciertas situaciones en las que todavía necesita mucha ayuda. Su pensamiento es omnipotente y egocéntrico y no pueden tener una empatía hacia los demás. Él es consciente de haber conseguido ciertas habilidades pero todavía el desarrollo de las mismas es muy rudimentario, entonces es cuando se enfurece, por no conseguir hacerlo él solo.

Las reacciones de los niños en su comportamiento infantil pueden ser muy extremas, pueden ponerse insoportables cuando están cansados o tienen hambre, cuando sus expectativas no se cumplen, cuando no cedemos a sus deseos… pueden aparecer reacciones de ira o agresión y surgen las primeras rabietas.

Las rabietas son algo evolutivo

Los padres pueden controlarlas pero los niños las tienen que pasar. En estos momentos, los padres deben tener claras las normas que deben poner ellos y no los niños.

Puedes decir: “entiendo que estés enfadado y tienes derecho a ponerte así, pero no lo vas a conseguir”, sin perder los nervios y esperando pacientemente a que el niño se vaya serenando poco a poco.

La decisión la tienen que tomar los padres, no los niños y estos tienen que ir controlando sus emociones que no es lo mismo que “taponando”.

Ante las situaciones de desbordamiento del niño nada mejor que sentirnos seguros, tranquilos, alegres y dueños de la situación, y con nuestro comportamiento equilibrado y paciente, estaremos dando ejemplo de cómo retornar al apaciguamiento. Nada tranquiliza más a un niño que nuestra tranquilidad y nada le desestabiliza más que nuestra inseguridad. 

Unos padres que tienen criterios educativos claros, no deben dejarse condicionar por los hijos, al contrario, deben imponer, desde el amor y el afecto, sus criterios y pautas de comportamiento. 

En las primeras edades sufren mucho porque, por un lado tienen que demostrar su independencia y por otro, temen perder el cariño de sus padres debido a que su actitud hace perder los nervios de estos. El niño tiene miedo de que le dejen de querer pero no puede controlar sus impulsos y provoca hasta desquiciar a los padres.

Los adultos somos el ejemplo a seguir demostrando cómo gestionamos las emociones. Él comprueba que también tenemos sentimientos negativos, de ira, enfado o tristeza pero los controlamos y mostramos las estrategias que utilizamos para ello.

Nos tenemos que mostrar cómo somos en realidad, con emociones de alegría y felicidad pero también de desengaño y frustración porque forman parte de la condición humana, pero hay que demostrar que somos capaces de controlar y superar situaciones difíciles y este comportamiento es el que les enseña más que los razonamientos lógicos que caen en saco roto. La actitud es siempre más eficaz que las palabras.

Ante un acceso de ira o enfado no valen reflexiones ni explicaciones por qué no cedemos a su capricho, es mejor dejarlo y que él solo recobre el equilibrio y la serenidad. Después del berrinche, se puede comentar lo mal que lo hemos pasado y se le explicará que por ese camino, nunca conseguirá lo que quiere. Hay que atender al niño siempre cuando deja de llorar independientemente lo que haya hecho en la rabieta. Se le dará un beso y se reforzará la conducta positiva diciéndole: “como me gusta cuando estás así, tranquilo”.

La edad de 0 a 6 años es una etapa difícil pues sus sentimientos son muy ambivalentes, aman y odian al mismo tiempo y tienen que ir conociendo sus habilidades y capacidades, tienen que aprender a tener un comportamiento social y beneficioso para él mismo y los demás, compañeros y adultos con los que convive, tiene que ir consiguiendo una empatía que le facilita el ponerse en el lugar del otro, no para pensar igual que él, pero sí para comprender su punto de vista.

Cuando los padres han estado a su lado, siendo un ejemplo a seguir, cuando le han indicado los pasos para caminar correctamente por la vida, cuando se le ha brindado la oportunidad de expresar sus sentimientos, tanto positivos como negativos, y se le ha ayudado a canalizarlos con amor y en calma, ese niño será un adulto equilibrado, independiente y seguro de sí mismo.

Las emociones de enfado, ira, odio, tristeza, desengaño o frustración se vuelven agresivas cuando se pierde el control y se convierten en peligrosas tanto para él como para los demás. La base de estos sentimientos suelen ser la ansiedad y miedo a que le dejen de querer, a sentirse solo ante las vicisitudes de la vida. Se tiene que ofrecer una actitud comprensiva y admitir que tenga estos sentimientos, pero a la vez, enseñarle a exteriorizarlos de manera más constructiva.

Desde que son pequeños, tanto en casa como en nuestras escuelas infantiles en Majadahonda tenemos que trabajar con ellos la tolerancia a la frustración adecuada a su edad. No se puede dar respuesta inmediata a todos sus deseos porque lo único que conseguimos es tener a un niño tirano, egoísta e infeliz ya que se siente perdido en sus sentimientos confusos, sin un referente claro y afectuoso que le enseñe a controlar y canalizarlos.

Si los padres son firmes y afectuosos, su hijo irá adquiriendo poco a poco el autocontrol necesario, entenderá que con este tipo de conductas no obtiene lo deseado y utilizará otras más maduras y con mejores resultados. La actitud serena y firme de los padres es primordial para enseñarle que el desbordamiento, los gritos y el desquiciamiento no conducen a nada bueno y tener en cuenta que ellos son el ejemplo que todo niño sigue para crear su propia personalidad.

 

Artículo elaborado por Pelancha Gómez, directora de la Escuela Infantil Jauja.